lunes, 11 de mayo de 2020

La serpiente ya rompió el cascarón

 El huevo de la serpiente es un clásico de Ingmar Bergman del año 1977. Ambientada en la Alemania de los años 20, es una metáfora muy clara de lo que pasó en el país germano en apenas un lapso de 10 años. El nazismo, luego del fracasado putsch de Munich, tardo una década en llegar al poder y llevar a cabo todas las atrocidades que hizo. Pero la amenaza siempre estuvo latente, desde el primer momento se podía vislumbrar lo que la ideología nazi y la figura de Hitler representaban, y se podía vislumbrar también que ese futuro sombrío y totalitario era inevitable. El futuro era como el huevo de una serpiente, translúcido, que dejaba ver al monstruo que vendría.

 Algo similar podemos decir respecto a nuestra actualidad política. Corría el año 2019 y la Argentina debía afrontar un nuevo período electoral y los que se habían ido en 2015 tenían posibilidad de volver. Aquellos años de corrupción escandalosa, de persecución desde la cadena nacional, de soberbia, de mesianismo, de demagogia, de autoritarismo, de aislamiento del mundo podían repetirse. Y para peor, porque volvían con sed de venganza y en medio de una ofensiva de todas las izquierdas de la zona, que mediante estallidos sociales intentaba retomar la agenda pública.

 Volvieron. A pesar de esas luces de advertencia que fueron los indicadores del lunes después de las PASO. Volvieron en primera vuelta.

 Hasta ahí si podíamos usar la analogía del huevo de la serpiente. A pesar que a todos estos tipos ya les conocíamos el CV entero uno podía darse el lujo de dudar, porque el mundo ya era distinto, no era tan "Argentina-friendly" como en tiempos del primer kirchnerismo. Aún así, era una fija que el sistema democrático iba a salir dañado. Ya sea porque el albertismo y el cristinismo estuvieran de acuerdo o porque estuvieran en desacuerdo, lo que llevaría a una interna salvaje desde el poder. Por eso es que algo podía vislumbrarse.

 Ese huevo de serpiente pasó de translúcido a cristalino cuando a los pocos días de asumir el Presidente se alineaba con las izquierdas chavistas de la región y cuando utilizó al Congreso para pedir que le dieran superpoderes. Entonces, a pesar de que el Ministro de Salud dijo que no iba a pasar, llegó el coronavirus. Llegó la pandemia. Llegó la cuarentena. Y el cascarón se rompió.

 Ya tenemos a este pequeño ofidio venenoso entre nosotros. Extendiendo la cuarentena sin ningún plan a mediano plazo para salir de ella o mitigar sus efectos, primando solamente la improvisación. Acusando de miserable o egoísta al que, con toda la razón, osa expresar preocupación por su futuro económico. Considerando delincuente a todo aquel que quiere organizar una protesta. Aprovechando la emergencia para los negociados más escandalosos de sobreprecios y compras de material defectuoso. Alentando desde el Estado las liberaciones de los corruptos, los asesinos y los violadores, mientras se persigue al laburante que sale a ganarse al pan o a la persona que ya no aguanta el encierro. Abandonando a su suerte a decenas de ciudadanos varados en el exterior alejados de sus familias. Un Poder Judicial dormido excepto para liberar delincuentes, un Poder Legislativo cerrado salvo para sesiones virtuales fallidas, ignorando los pedidos de la oposición que busca una sesión presencial. Una política exterior basada en pelearse con los vecinos y amenazar con romper el Mercosur. La cuarentena aceleró el periodo de incubación de la serpiente y ya salió de su huevo diciendo "mamá".

 ¿Pero estamos seguros que es una serpiente venenosa? ¿No será acaso inofensiva? Al sistema republicano le bastan apenas unas gotitas de veneno para empezar a agonizar. Y esas gotitas pueden venir de distinta forma, como cuando un Presidente se cree Papá Noel y empieza a pedirle a los niños que les manden dibujos, evocando imágenes del peor adoctrinamiento fascista en los libros escolares del primer peronismo. O cuando ese Presidente da una conferencia de prensa hablando pestes de Suecia y respondiendo sonriente a todos los "periodistas" que no dejan de tirarle centros, pero cuando un periodista le hace una pregunta serie sobre el futuro económico del país no quiere responder y actúa prepotente.

 ¿Y qué mayor veneno que la persecución al que piensa diferente? La Ministra de Seguridad anunciando el "ciberpatrullaje", el titular del Enacom diciendo (y luego desmintiendo) que se regularán los portales de noticias online para controlar las "fake news". La persecución a militantes opositores en redes sociales por parte de fiscales adictos, medios oficialistas, una "asociación de víctimas de trolls" o una parásito del Conicet que amenaza a los que quieren hacer cacerolazos mientras dibuja a Alberto Fernández como un superhéroe. Y todo esto acompañado de una app obligatoria que, con la excusa del coronavirus, permite al Estado poder vigilar bien de cerquita a todos los ciudadanos.

 Ya no hay ningún huevo. Es una serpiente hecha y derecha. Venenosa y mortífera. Puede ser de una cabeza, de dos cabezas, quizás sean en realidad dos serpientes que de a poco se irán despegando una de otra. Es irrelevante: El veneno es el mismo. Nuestro sistema republicano y democrático ya está herido y probablemente no hay ningún antídoto cerca. Quizás ya es demasiado tarde.

 O no lo es tanto. La naturaleza es sabia. Existen las serpientes venenosas, si. Pero también existen las mangostas.


PD: Pido perdón a las serpientes, ese animal que sólo inyecta veneno para defenderse o para conseguir alimento. No merecen ser comparados con esta gente.

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